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lunes, 16 de noviembre de 2009

MI CIUDAD IMAGINARIA...

Aquel día desperté antes de tiempo; toda la ciudad iba en pijama cuando quedé maravillado: el cielo naranja-rojizo me permitía ver las bandadas de pájaros haciendo figuras perfectas en el cielo. La brisa fresca, con sabor a mar, me acariciaba la cara, y era una sensación alucinante. Mientras veía el sol salir del horizonte contemplé los grandes y colosales rascacielos cada cual más alto, parecían tener vida. Al observarlos me di cuenta de que los rascacielos parecían luchar por saber quién llegaba más alto.
Todavía las luces estaban encendidas y tras de sí, las pocas personas que pasaban dejaban atrás su sombra.
Fui al casco antiguo por curiosidad y allí encontré a mi alrededor una ciudad atrapada en el tiempo, que decía a gritos algo parecido a que quería salir e invadir a cada persona. Seguí mi camino. El sol ya había salido, las nubes blancas rodeaban a un sol que aunque estaba aún bajo, brillaba como el oro. Mientras seguí me topé con una calle muy estrecha en la que todos los vecinos bebían café juntos riendo, parecían una familia. Los ladrillos rojos parecían transmitir un mensaje: el de la hospitalidad.
Seguí mi camino, cuando vi a un hombre en su balcón fumando un cigarrillo; parecía estar atento a que el sol se moviera un solo milímetro, cuando me di cuenta de que el sol estaba en lo alto impasible, como un rey, y parecía decir "arrodillaos ante mí".
Seguí mi camino hasta el puerto; allí vi a varios hombres pescando amistosamente, y a lo lejos las gaviotas revoloteaban, los peces saltaban y el mar brillaba como la plata, algo que apasiona teniendo en cuenta que el cielo era azul. Anduve por la playa un buen rato hasta que vi un acantilado: su forma era escarpada y parecía que se iba a derrumbar en cualquier momento. Finalmente me quité la ropa y nadé en la playa... estuve nadando un buen rato. Cuando decidí marchar, ya estaba empezando a tener hambre. Busqué un lugar donde poder comer, cuando encontré un pintoresco bar; entré y almorcé, estaba delicioso.
Decidí buscar un buen lugar desde donde observar el cielo. Cada nube parecía contar una historia mágica y diferente. Esta ciudad era muy grande, pero solo había estado en la parte, digamos, más rústica. Cuando entré en la parte moderna todo cambió, veía a personas más preocupadas por su futuro que por su presente. Pero la imagen de los rascacielos, con varias de las luces de sus edificios encendidas, me conmovió.
De repente sonó el despertador. Todo había sido un sueño. Poco después de soñarlo, decidí retratarlo en un ejercicio de Lengua.

Adrián Martín del Pino 2º ESO E

lunes, 15 de diciembre de 2008

Fútbol y coches quemados

Son las diez y diez de la mañana. No es un buen día. Hace frío en la calle y dentro de las aulas. Los niños están cansados y el recreo apunta a una algarabía general en pocos minutos. Un rato de charla. Es lo mejor.

-A ver, Dominique, ¿qué has hecho el fin de semana?

-A ver maestro (gesto de concentración, como si destapara con sacacorchos los recuerdos ocultos en su memoria), el viernes por la tarde he ido a entrenar a las nueve y el sábado me he levantado y he ido a ver el partido de Youssef contra Aguadulce. Han ganado 2-3, pero el partido fue muy duro. Un montón. (Sopla, girando la cabeza hacia un lado).

Por la tarde hemos ido a las pistas del Sampedro y a las seis hemos ido al campo a ver el partido de los niños pequeños y han ganado quince a cero a la urbanización de Las Marinas. ¡Vaya paliza! Es que los de Las Marinas no son mu buenos y no saben defender (Sonríe). Hasta Dani, el “Pisquita”, metió un gol, ¡con lo malo que es! (Aquí se carcajea divertido).

El domingo por la mañana hemos ido a la iglesia (se pone serio) y después por la tarde he ido a mi partido en Las Norias. Y el partido ha sido muy duro. (Se pone más serio). Había mucha gente en ese partido y hemos ganado 1-2, pero el partido era duro porque nosotros íbamos ganando dos a cero en la primera parte, y luego en la segunda nos han marcado y nos hemos puesto nerviosos, y la gente chillaba un montón al árbitro, y hacían muchas faltas, y el partido era horroroso. Pero ganamos (gesto de satisfacción).

Cuando ha terminado el partido, que ha terminado a las cinco y cuarenta y siete, hemos ido a casa todos después. He salido de marcha y hemos ido a las Kentias y después de… sobre las diez menos quince… más o menos, nos hemos ido a la calle Solera y hemos visto fuego y los senegaleses tirando piedras. Y nosotros hemos preguntado qué es lo que había pasado y nos han dicho que habían matado a un hombre de Mali. (Ahora se pone mucho más serio, medita más las palabras).

Y entonces nosotros hemos ido a las tiendas que tenían los cristales rotos. Pero no hemos cogido nada, ¿eh? Había unos coches quemándose y otro había explotado. Y había gente llorando y otros discutiendo. Y nos hemos muerto de miedo. La gente corría de un lado a otro gritando. Unos hablaban en senegalés, otros en español, algunos en marroquí. Había mucha gente enfadada. Parecía peligroso estar allí porque unos pocos estaban todavía tirando piedras y te podían dar. Y en las ventanas había algunas personas mirando el jaleo. ¡Qué miedo, maestro!

El lunes por la mañana hemos ido a ver lo que ha quedado. Mucha policía en cada sitio y un montón de furgonetas verdes, de esas de la Guardia civil. Nosotros viendo las radios de comunicaciones y las cámaras de la televisión. En muchos sitios estaban preguntando lo que había pasado. Después hemos ido al campo de fútbol a jugar un partido de convivencia entre nosotros. Y ha estado bien.
¡Adiós! (Ha tocado el timbre)

LA Mojonera, 9 de diciembre de 2008